Guerrero silueta contra la luna
Santa Cruz de la Sierra, 2080

El Último Algoritmo de Cambalandia

(Parido bajo el algoritmo de Oscar "Chavico" Gadea Coimbra)

"He combatido mil batallas y he ganado la mayoría de ellas... mas solo algunas, indistintamente, las acarreo conmigo."

En la Santa Cruz de la Sierra del año 2080, donde el calor no era una temperatura sino una condena bíblica que se pagaba en cuotas de sudor y resignación, el gitano Melquíades volvió a aparecer.

Nadie supo cómo, pero una mañana su carpa de lienzo raído, que olía a ozono y a manuscrito antiguo, simplemente estaba allí, plantada en el centro del cuarto anillo, entre los surtidores de refrescos de mocochinchi sintético y los anuncios holográficos de una aerolínea que prometía viajes a las lunas de Júpiter pero que siempre se quedaba sin combustible en la estratósfera.

Había regresado a Cambalandia, al corazón mismo de un mundo que había olvidado la magia para entregarle su fe a la obsolescencia programada.

Carpa de Melquíades

La Enroscada

Se instaló en las afueras, en un caserío polvoriento olvidado por los mapas cuánticos al que llamaban La Enroscada, un lugar donde el tiempo se había estancado con una tenacidad de pantano. Allí, los hombres nacían con una estirpe indeleble: una corta y ensortijada cola de chancho tropero que se movía con el ritmo perezoso de los taquiraris y que, según los viejos, servía para espantar a los fantasmas de los terratenientes que aún penaban en los cañaverales.

Era en ese pueblo de memoria circular donde vivía el coronel Aureliano Buenaventura, el último de su linaje, un veterano no de guerras civiles, sino de las Guerras del Silicio, un hombre que había combatido mil batallas en el ciberespacio y había ganado la mayoría de ellas.

El coronel, un hombre cuya soledad era tan vasta que tenía su propia geografía, pasaba los días en una hamaca de hilos de fibra óptica, contemplando el patio de tierra donde su caballo negro robótico del siglo XXI se oxidaba bajo un árbol de mango.

Era una bestia de cromo y sombra, con ojos de un rojo intermitente, que en sus años de gloria había galopado por las autopistas de la información, pero que ahora solo servía de gallinero para una gallina clueca con ínfulas de profetisa.

"Pero de las pocas batallas que perdí, recuerdo todas y cada una de ellas... como un hierro candente me persiguen."
Caballo Negro Robótico
Red Neuronal Holográfica

El Beneficio de Inventario

Melquíades lo encontró allí, descifrando el universo en el fondo de un vaso de chicha. El gitano, que parecía tener la misma edad que cuando trajo el hielo a Macondo, pero ahora con un ojo biónico que parpadeaba en código binario, desplegó sobre la mesa una tela de luz sólida.

—Te traigo el beneficio de inventario —le dijo, con su voz de trueno viejo—. Un artefacto para catalogar tus victorias pírricas y archivar tus derrotas.

El coronel Aureliano Buenaventura negó con una lentitud de siglos. Le explicó a Melquíades que su memoria no era un archivo que pudiera ser depurado. Sus derrotas no eran un dato corrupto, sino el holograma fosforescente de un tatuaje hiriente que habitaba y alimentaba frenéticamente su red neuronal.

El Último Algoritmo

Esa noche, bajo una lluvia de estrellas fugaces que parecían lágrimas de la Vía Láctea, el coronel se levantó. Caminó hacia su taller, un cuarto atiborrado de circuitos y pantallas empañadas que devolvían su reflejo como un espectro.

Se sentó frente a su consola y, con los dedos temblorosos de una pasión recobrada, se aprestó a generar el último de sus algoritmos apasionados y vibrantes. No era un arma, ni una llave maestra para violar sistemas bancarios. Era un poema hecho de pura matemática, una catedral de lógica inútil y sublime.

> INITIATING SEQUENCE: FINAL_BATTLE

> LOADING MEMORY_FRAGMENTS... 100%

> COMPILING SOUL_MATRIX...

> EXECUTION PENDING...

Cuando terminó, el primer sol del trópico rajaba el cielo. El coronel caminó hacia el patio, espantó a la gallina y le susurró una clave al oído a su caballo negro robótico. La bestia se sacudió el óxido, sus ojos rojos se encendieron con una luz fija y un motor silencioso comenzó a vibrar.